María Mercedes Aparicio.-El famoso sociólogo y filósofo francés Gilles Lipovetsky, a finales de los 90 publicó su primera obra “La era del vacío” que le valió el reconocimiento como uno de los intelectuales más importantes del siglo XX.

La obra se basa en una crítica a la sociedad moderna occidental; predominante y narcisista en donde la búsqueda de la libertad, la felicidad y el amor se convierten en algo efímero, momentáneo y superficial.

Sabemos que la humanidad vive hoy un periodo complicado, regida por el triunfalismo y un ego implacable, absorbido en su individualismo.

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Lipovetsky planteó que la sociedad posmoderna occidental se caracterizará por ser la “sociedad del consumo” en donde el individuo estaría envuelto en información y estímulos de necesidades que comienza con un proceso de “seducción continua” basada en la abundancia: fotografías de familias estereotipadas en que imperan la alegría, la abundancia y la riqueza, el esplendor de los productos en los locales y el brillo enceguecedor de sus vitrinas, todo en nombre del consumo, sin dejar de mencionar el hedonismo (tendencia a la búsqueda del placer) que se encierra detrás de cada adquisición.

El autor del Imperio del efímero recalca “esa promoción de la seducción, asimilada a la edad del consumo, pronto revelaba sus límites; la obra del espectáculo consistía en transformar lo real en representarán falsa, en extender la esfera de la alienación como un «Nuevo poder de engaño».

Seducido, el individuo se vuelve hacia sí mismo de forma obsesiva. El cuerpo deja de ser visto como vehículo, y comienza a ser amado, cuidado, venerado y dirigido a la sexualización.

La indiferencia pura

Absorbido en su obsesión consigo mismo, el ser humano rechaza todas las instituciones que le sean externas, generando una indiferencia social apoyada, una vez más, por toda la información que recibe diariamente. Dejará de creer en la Iglesia, en gobiernos, y serán vaciados de conciencia crítica, al mismo tiempo que se vacían las estructuras sociales, familiares, jerárquicas y laborales. Todo es descartable, vacío e inflexible.

“Únicamente la esfera privada sale beneficiada con estos cambios gracias a los valores como cuidar la salud, preservar la situación material, desprenderse de los complejos, o esperar las vacaciones: vivir sin ideal, sin objetivo trascendente resulta posible. Nace el homo psicológicus, al acecho de su ser y bienestar. Se trata de vivir en el presente perdiendo el sentido de continuidad histórica. Vivimos para nosotros mismos, sin preocuparnos por tradiciones o posterioridad, es así como el sentido histórico se olvida de la misma manera que se olvidan los valores e instituciones sociales. Esta estrategia narcisista de “supervivencia” del individuo, se explica dado el clima de pesimismo y catástrofe inminente, tratando de preservar así la salud física y psicológica. Aparece entonces como síntoma social el narcisismo colectivo instalándose a nivel masivo una apatía frívola.

Los individuos aspiran más a un desapego emocional, debido a la inestabilidad que sufren en la actualidad las relaciones personales. El miedo a la decepción, el miedo a las pasiones descontroladas nos llevan a una huida ante el sentimiento; Levantar las barreras contra las emociones y dejar de lado las intensidades afectivas, es el fin de la cultura sentimental, el fin del happy ending” explica el portal de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES)

¿Vivimos hoy en día en una era de conmoción social como la esbozó el autor? Si queremos siempre mostrarnos triunfantes ¿En dónde pondremos nuestras dudas? ¿En dónde queda la empatía?

María Mercedes Aparicio Briceño                                                              Internacionalista                                                                                                Contacto: mmercedesab21@gmail.com                                                                        Ig: mariamercedes21